Oct
31
¿Se acuerdan del libro del que les hablaba hace unos días y que empezaba con el test titulado “Eres un cerdo capitalista”? Lo leí en el vuelo de ida y escribo para recomendarles que no gasten su dinero en él ni su tiempo en leerlo. Lo mejor, sin duda, es el test.
A quien sea un cerdo capitalista el libro le va a aportar bastante poco. Pretende abarcar demasiados temas y los despacha todos de una manera demasiado superficial, sin ningún tipo de rigor en los análisis y dejando demasiados flancos poco o mal resueltos.
A quien no sea un cerdo capitalista, le parecerá absolutamente endeble, cojo, y a cada epígrafe que lea le podrá poner ciento veinte pegas y con toda la razón del mundo.
Es fácil entender que no se puede despachar en doscientas páginas y con profundidad una aproximación, sea cualquiera, a la teoría del estado, a la libertad, a la anarquía, al concepto de precio, a las multinacionales, a las admoniciones apocalípticas de los gobiernos, al trabajo, a los salarios, a los sindicatos, al empleo de los menores, a la discriminación racial y sexual, a la esclavitud, al ecologismo, a la seguridad, a los colegios de profesionales, al déficit, a la banca, al patrón oro, a la teoría del ciclo económico, al Crac del 29, la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial, a la carrera espacial, a la seguridad social, a las empresas públicas, a las leyes anti-trust, al proteccionismo comercial, a la globalización y a algún otro asunto que me estaré olvidando. Ahora bien, entre la profundidad y la superficialidad seguro que hay un término medio para hacer un buen libro de divulgación que no parezca un folleto de una secta.
Oct
30
Vaya, en mi ausencia ocurrió esto. A los consejos de todo pelaje que ya conocíamos, como “no tire usted de la cadena cuando haga pis”, o “mee usted en la ducha”, se une ahora el Gorila, al que probablemente desparasitarán otros simios, que nos explicó en qué consiste la ducha mientras habla de comunismo (sic): un minuto para mojarse, uno para enjabonarse y uno para aclararse.
Y da un paso más y decide controlar que, efectivamente, la gente cumpla con eso.
Y no comento lo que corresponde porque ya saben ustedes lo que voy a decir.
Mientras, en Estados Unidos hay quien se jacta de estar intentando ampliar el papel regulador del gobierno en todos los frentes (“We are trying in every front to increase the role of Government in the regulatory area”).
Y ya se sabe que, como decían todos los que llamaban a Hablar por hablar antes de relatar que se habían acostado con el hermano menor de su novio (sigo sosteniendo que la mitad de la gente se inventaba lo que contaba), “una cosa lleva a la otra y…”.
Oct
29
Muchos tenemos fobias y miedos. Por ejemplo, a mí me caen fatal los insectos y tengo miedo a los perros, las agujas y la nata de la leche. Pero procuro sobreponerme a mis propias tonterías y comportarme como si fuera un adulto, excepto cuando algún cánido me ladra a traición y me obliga a pegar un grito, o un salto, o las dos cosas a la vez. Es tristemente famosa la ocasión en que un ladrido por la espalda de un microchucho acabó conmigo, tras el pertinente salto y el consiguiente aullido, subido a un escaparate. Pero voy a lo que voy.
En el vuelo de vuelta se sentaron a mi lado una pareja de emos de veintipocos años. Y el emo macho tenía (o fingía tener, para integrarse mejor en su grupúsculo de mentes débiles) miedo a volar. Hasta el punto de que hizo que su novia lo besara durante el tiempo que duró el despegue (por cierto, sepan ustedes que el emo cuando besa no besa de verdad, porque le interesa, y mucho, hacerlo con frivolidad; aquello se parecía a un beso como el inglés de El Príncipe Gitano se parece al de la reina Isabel). Y, cuando ya el avión estaba a unos cuantos pies, el emo cambió de postura y apoyó su mejillita en el antebrazo de su novia, mientras se agarraba al susodicho con ambas emo-manitas. Yo, al iPod gracias, llevaba música en las orejas e iba leyendo, pero escuché alguna emo-frase entrecortada de ella diciéndole que mucho ánimo, que lo estaba haciendo muy bien, que ya faltaba menos; y de él pseudo-sollozando, gimoteando, haciendo pucheritos y trayendo a mi cabeza, quizá porque alguna dendrita se enganchó donde no debía, aquello de “tengo miedo al avión, también tengo miedo al barco, por eso quiero saber lo que debo hacer pa cruzar el charco”. También vi cómo ella le acariciaba la cabeza como si fuera un cachorrito (un cachorro de imbécil, vaya). Oigan, pues no me van a creer, pero con su emo-moflete apoyado en la parte superior del antebrazo de la chica, a la altura del codo, y las dos manos rodeando el tal miembro, se pasó las algo más de dos horas y media que duró el vuelo, mientras que la pobre cachocarne de la ema (o la emo hembra o como se diga) leía un libro como podía. Y cuando se apagó la luz de cabina para iniciar el aterrizaje, otra vez a pseudo-besarse los diez minutos que pasaron hasta que el avión estuvo absolutamente detenido. Reconozco que estaba deseando con todas mis fuerzas un aterrizaje brusco y que sus idiotizados emo-rostros se estamparan contra el asiento de delante.
Y claro, si me esfuerzo puedo entender que a este chico le guste estar triste, o aparentarlo, y que piense que aquello de considerar que la persecución de la felicidad es un derecho natural, es una estupidez que soltó Locke un día que se le fue la mano con el whisky de buenas noches; si me esfuerzo puedo entender que le guste llevar carita de depresión; si me esfuerzo incluso puedo entender que le pueda dar miedo volar; y, sobre todo, defendería con uñas y dientes que el susodicho (m)emo puede llorar los siete llorares por las esquinas si le sale del moño y hasta que se deshidrate, o estar veinticuatro horas al día tan compungido como le dicte su emo-flequillo. Pero, quizá porque hicieron que se me disparara el azúcar hasta niveles estratosféricos, quizá porque me resulta insoportable la gente que no se sabe comportar, quizá porque yo tal vez sea un intemperante, las ganas que tuve durante todo el viaje de cruzarle la cara de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, plas, plas, no las sabe nadie.
Oct
28
Llego de mi viaje, llamo por teléfono a mis padres para que sepan que todo ha ido bien, y me comenta mi señor progenitor que se está urdiendo una ley según la que un establecimiento podrá cobrar a un cliente, sobre el importe de la compra, en torno a un 0,9 por ciento adicional en el caso de que pague con tarjeta de crédito. Y claro, a mí, que soy el rey de la tarjeta, que nunca llevo dinero encima, que lo pago todo a tarjetazos, que tengo mis tarjetas gastadísimas y que llevo con mucho orgullo el tener el récord inferior en 15 céntimos de euro, se me inflaron todas las venas. Pero absolutamente todas.
Yo puedo entender que a los comerciantes no les haga ninguna gracia pagar un tres por cien por cada pago que un cliente hace con tarjeta, pero la solución no pasa por repercutir parte del gasto sobre el cliente, sino en presionar a los bancos para que les bajen esa comisión. De hecho, tienen en sus manos el hacer una huelga de tepeúves caídos durante un par de meses, y a ver quién gana.
Pero si nos vamos a poner tontos, nos ponemos todos. Suponiendo que se apruebe esta ley y que los comerciantes puedan cobrar un plus a quien pague con tarjeta de crédito, dejo constancia desde ya de que boicotearé los establecimientos que así lo hagan. A menos que lo hagan todos, en cuyo caso me pasaré al papel-moneda y llevaré los euros en el bolsillo como hacía mi abuelo en la posguerra. Porque es a lo que vamos.
Por si no fuera suficiente con tener que pelearme con mis banqueros para que no me cobren comisiones por guardar mis dineros en sus cajas fuertes, ahora voy a tener que pelearme con los tenderos para poder pagarles.
Es que ya es lo que me faltaba.
Oct
25
Todo este Kyrie es maravilloso, pero de 2:41 a 3:05 es perfecto.
(Palestrina: Misa del papa Marcelo, Kyrie).Oct
18
No me vuelven loco ni el compositor, ni la obra, ni el pianista, ni el director, pero creo que este vídeo lo hay que ver.
(Rachmaninov: Concierto para piano y orquesta número 3, op.30, Re m. Vladimir Horowitz, Filarmónica de Nueva York, Zubin Mehta).
Oct
16
A pesar de que me encanta comprar ropa, tengo una serie de problemas con algunas prendas. Por ejemplo, no soporto ni los polos ni las camisas de manga corta. Según mi visión del mundo, una camiseta no puede tener cuello de la misma manera que una camisa no puede no tener mangas.
Y otra tipología que no soporto son las cazadoras. Es que no me veo. De los anoraks, ni hablo ya. Eso de ir vestido de astronauta, de esquimal o de muñeco Michelín me supera.
Y es que cuando me tengo que cubrir, yo soy de chaqueta, americana, cazadora vaquera o ya me paso a los abrigos; más o menos largos, más o menos gruesos, de diversos tejidos, cortes y colores, en fin, un abrigo de toda la vida. Sin embargo, ayer, quizá por la fiebre que acompaña a la gripe que sufro –que quizá sea A o quizá sea W, me da igual ya que no voy a dejar que mi mala salud de hierro entorpezca mi vida cotidiana–, me he comprado una cazadora. Si he de echarle la culpa a alguien, se la echo a Jack and Jones, una tienda cuya ropa o me encanta o me horripila. Bueno, pues ayer me lo hubiera llevado casi todo.
Y puede que a ustedes les parezca que comprar una cazadora sea lo más normal del mundo, pero yo no recuerdo haberme puesto una desde el instituto.
Por cierto, que me voy de viaje y esta vez he estado muy liado y no he tenido tiempo para redactar posts y dejarlos programados, como tengo por costumbre. Así que, excepción hecha de la música clásica de este domingo y el próximo, no nos volveremos a leer hasta dentro de diez días.
Un abrazo a todos.
Oct
14

¿Pero en qué momento les dimos la capacidad de decidir sobre estas cuestiones? ¿Quiénes son ellos para decir a un empresario si puede ofrecer un dos por uno, o barra libre, o regalar bocadillos de chorizo si le sale del cremáster? Oigan, que si tienen ustedes un bar y quieren atraer clientela ofreciendo dos cervezas al precio de una estos indeseables les calzan 6.000 euracos de multa.
“Para que la gente no beba demasiado y por el bien de su salud”.
Pues la gente beberá lo que le salga del moño, o lo que le entre en sangre.
Y se vuelven a sus casas más anchos que un ocho, los tíos.
Está visto que el más tonto puede llegar a obispo.
Por cierto, pueden ver dos periódicos, aparentemente distintos, incurrir en el mismo error: fusilar una noticia de agencias sin comprobar que esté bien redactada. Eso sí, las giliprogreces todas “normalizadas”.

