Jorge Valín cuelga en su blog este texto:

Y cuando [el tirano] haya ascendido al poder por voluntad del pueblo, lo ejerce con violencia y no lo acomoda a la utilidad del pueblo, sino a sus placeres, a sus vicios o a su utilidad particular. Es posible que en un principio sea amable y risueño con todos y aparente querer vivir bajo el mismo derecho que los demás, para engañarlos con su suavidad y su clemencia hasta que robustece sus fuerzas y se fortalece […] Pero una vez que se siente seguro en su gobierno, cambia de conducta y no puede disminuir por más tiempo su crueldad natural. […]

Esos tiranos pretenden derribar a todos, y especialmente a los ricos contra los que acomenten especialmente porque consideran más sospechosos a los buenos que a los malos y la virtud aparece como mucho más peligrosa a los que carecen de ella. […] Caiga lo que está más alto en el reino, dicen los tiranos. Y para satisfacer este propósito, bien los atacan directamente o bien aplauden a calumnias y secretas acusaciones.

El tirano, para impedir que los ciudadanos se puedan sublevar, procura arruinarlos, imponiendo cada día nuevos tributos, sembrando pleitos [leyes] contra los ciudadanos. Construye grandes monumentos a costa de la riqueza de los súbditos.

[…] El tirano teme necesariamente a los que le temen, a los que trata como esclavos, y para evitar que éstos preparen su muerte, suprime todas sus posibles garantías y defensas, les priva de las armas, no les permite ejercer las artes libremente dignas de los hombres libres. […] El tirano prohíbe que los ciudadanos se reúnan y que formen juntas y asociaciones. […] Como no tiene confianza en los ciudadanos, busca su apoyo en el engaño y la intriga.

(Juan de Mariana, La Dignidad Real y la Educación del Rey, 66-69).

Leía el sábado que hoy se dictará sentencia tras el juicio celebrado contra Kaing Guek Eav, más conocido como el camarada Duch. ¿Que quién es este paisano? Pues, en dos brochazos, uno de los capitostes del régimen de los Jemeres Rojos. A saber, un grupo de chusma asociada en forma de partido comunista, que lideraba Pol Pot, se hizo con el poder en Camboya, cambió el nombre del país por Kampuchea Democrática –ya saben que cuando un país incluye en su denominación oficial el apellido “democrático” suele ser una dictadura comunista–, y estableció un régimen maoísta en 1975, que se mantuvo en pie hasta inicios del 79 y que ha pasado a la Historia por lograr que en tres años y medio la población de su país se redujese, misteriosamente, en algo más de un 25%; aproximadamente dos millones de personas (hay quien eleva la cifra hasta tres).

El camarada que nos ocupa y al que hoy sentencian comentaba ufano que a los enemigos “los decapitaban como si fueran pollos”, y en las instalaciones que él dirigía fue responsable directo del asesinato de unas 16.000 personas (es la cifra más aceptada y por la que se lo procesa; con todo, algunos la reducen a 14.000 y otros la elevan a 20.000), amén de la tortura de ni se sabe cuántas.

La “historieta” más repetida es que entre los “enemigos” depurados por el régimen polpotiano estaban todos los intelectuales, entendiendo por tal, por ejemplo, a cualquiera que llevara gafas o conociese algún idioma. Por supuesto, y como siempre ocurre en los regímenes totalitarios, “enemigo” es quien sea necesario que sea “enemigo”.

Estos angelitos comunistas consideraban que había que construir un régimen en el que no existiera ni la propiedad, ni el comercio, ni la moneda, ni el arte, ni la cultura, ni la familia, ni la religión, ni la escuela, ni tampoco las ciudades. Y obraron en consecuencia. Bautizaron a su proyecto como Año Cero para indicar que se arrasaba con lo que preexistía y se comenzaba desde los cimientos, y plantearon y llevaron a la práctica la supresión de todo lo mencionado y el establecimiento de un régimen totalitario, colectivista y que, basándose en la agricultura, aspiraba a la autarquía.

Y no sigo, que se me ulcera la úlcera. Pero seguro que un día de éstos el amigo Pablo nos ilustra sobre este tema en su magnífica serie sobre Historia del Comunismo.

Ah, y dedicado especialmente a la amiga Starling, la Constitución de la Kampuchea Democrática. Al lorito con el final del artículo 12:

No hay en absoluto desempleo en Kampuchea Democrática.

***

ACTUALIZACIÓN: Lo han condenado a 35 años.

Otro cuatro de julio, cincuenta años después de aquél que se hizo famoso, morían John Adams y Thomas Jefferson, segundo y tercer presidentes de los Estados Unidos, en sus casas de Quincy (Massachusetts) y Monticello (Virginia). Respectivamente y respectivamente. Defensores de posiciones políticas divergentes, habían sido amigos, habían roto su amistad y, cuando ambos se habían retirado de la vida política, habían retomado epistolarmente su relación. Las últimas palabras que pronunció Adams antes de cerrar para siempre sus ojos fueron:

Thomas Jefferson está vivo

Como en tantas otras ocasiones, se equivocaba el viejo Adams; Jefferson había muerto pocas horas antes.

***

El texto del epitafio es del propio Jefferson, llamando la atención sobre aquellos logros de su vida de los que más orgulloso se sentía. Sobre la Declaración de Independencia sigo recomendando esto. Sobre Jefferson, esta biografía. The Thomas Jefferson Hour sigue siendo genial. Y además de ahí, hablé de Jefferson aquí, aquí y probablemente en más ocasiones que no recuerdo.

Ah, sobre John Adams hay una miniserie de la HBO producida por Tom Hanks que, a pesar de que de vez en cuando se les nota el pelo de la dehesa y se les escapa una progrez que tiembla el misterio, está bastante potable. Recomiendo fumarse la primera media hora del primer capítulo, que es un tostón.

No sé nada de aviones. Sólo que hace unos años quería ser controlador aéreo y que me quedo pasmado mirándolos desde que era pequeñito y mi abuelo me llevaba al aeropuerto que está al lado de la que era su casa.

Hace unos días un amigo me explicaba que el An-225 es el avión más pesado que se construyó y estaba pensado para transportar un transbordador, el Burán. Impresiona, ¿eh?

En este vídeo pueden ver cómo despegan sus muchas toneladas de metal. Que parece que no va, pero al final sí. Impossible is nothing, my friends.

Como en el segundo capítulo del Génesis (10-14) se nos cuenta que del jardín de Edén brotaba un río que después se convertía en cuatro, Tigris, Éufrates, Pisón y Guijón, a lo largo de la Historia diversas personas y con estos datos en la mano se empeñaron en encontrarlo. Y tanto es así que se conservan montones de mapas de las cronologías más variopintas situándolo, si bien de forma sólo hipotética. Al menos que nos conste. Lo que me pasma es que un grupo de arqueólogos sean capaces de encontrar (presuntamente) el arca de Noé y que esto, que aparece tan claramente explicadito, no lo levanten, oigan.

…para que hablen bien de ti. Este día nos dejaba uno de los grandes historiadores españoles de la Edad Moderna, Manuel Fernández Álvarez, con cerca de noventa añazos. De ellos, una buen parte los dedicó al estudio de la época de los Austrias potables. Publicó lo que no está escrito (licencia) y probablemente nadie mejor que él supiera cuántas veces se cambiaba los calcetines cada semana Carlos I y V. Ahora, que vengan a decirme, y cito, “Manuel Fernández Álvarez, el gran divulgador de nuestra Historia” o “el maestro de la divulgación”, no, oiga, no. Que sabía mucho y tal y cual; sin duda. Que era un poco rancio; pues yo diría que sí, pero acepto que es algo muy opinable. Pero que sus libros son un pestiño que duermen a las ovejas es impepinable, vamos.

El amigo Pablo lleva escritos ya cinco capítulos de una magnífica historia del comunismo que recomiendo leer. Uno, dos, tres, cuatro y cinco. ¡A por el sexto!

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