Estoy leyendo un libro absolutamente genial, The Diaries of Adam and Eve de Mark Twain, y me lo estoy pasando pipa. Copio un fragmento del diario de Adán:

Next year. We have named it Cain. She caught it while I was up country trapping on the North Shore of the Erie; caught it in the timber a couple of miles from our dug-out –or it might have been four, she isn’t certain which. It resembles us in some ways, and may be a relation. That is what she thinks, but this is an error, in my judgment. The difference in size warrants the conclusion that it is a different and new kind of animal –a fish, perhaps, though when I put it in the water to see, it sank, and she plunged in and snatched it out before there was opportunity for the experiment to determine the matter. I still think it is a fish, but she is indifferent about what it is, and will not let me have it to try. I do not understand this. The coming of the creature seems to have changed her whole nature and made her unreasonable about experiments. She thinks more of it than she does of any of the other animals, but is not able to explain why. Her mind is disordered –everything shows it. Sometimes she carries the fish in her arms half the night when it complains and wants to get to the water. At such times the water comes out of the places in her face that she looks out of, and she pats the fish on the back and makes soft sounds with her mouth to soothe it, and betrays sorrow and solicitude in a hundred ways. I have never seen her do like this with any other fish, and it troubles me greatly. She used to carry the young tigers around so, and play with them, before we lost our property, but it was only play; she never took on about them like this when their dinner disagreed with them.

(…)

Wednesday. It isn’t a fish. I cannot quite make out what it is. It makes curious devilish noises when not satisfied, and says “goo-goo” when it is. It is not one of us, for it doesn’t walk; it is not a bird, for it doesn’t fly; it is not a frog, for it doesn’t hop; it is not a snake, for it doesn’t crawl; I feel sure it is not a fish, though I cannot get a chance to find out whether it can swim or not.

La desgracia fundamental del mundo moderno –dijo Ellsworth Tookey–, consiste en la equivocada opinión de que la libertad y la obligación se contrapongan. Para resolver los gigantescos problemas que desequilibran actualmente el mundo tenemos, en primer lugar, que clarificar nuestra confusión mental. Debemos desarrollar un modo filosófico de ver las cosas. En sustancia, libertad y obligación son una misma cosa. Os daré un sencillo ejemplo. Los semáforos limitan vuestra libertad de cruzar la calle cuando queréis, pero esta restricción os libera del peligro de ser arrollados por un automóvil. Si se os asignase un trabajo determinado y se os prohibiera abandonarlo, esta regla limitaría vuestra libertad de movimiento, pero os liberaría del temor al desempleo. Cuando se me impone una nueva obligación consigo automáticamente una nueva libertad. Los dos valores son inseparables, puesto que sólo aceptando la obligación en su forma más absoluta podemos alcanzar la libertad más completa.

(…)

Lo que quiero decir –bramó Mitchell–, es que la gente es infeliz no porque no tenga donde elegir, sino porque tiene demasiado entre lo que escoger. Tener que decidir, establecer si tomar un camino u otro o qué se prefiere son tareas que con el tiempo resultan insoportables. Ahora bien, en una sociedad modélica donde todo estuviera regulado y preestablecido, tal y como he dicho anteriormente, un individuo se podría sentir seguro. Nadie iría junto a él a cada momento a partirle el alma, a atormentarlo para que elija algo, prefiera algo, decida algo o haga algo.

(Ayn Rand, El manantial, IV,6).

¿No le parece interesante ver una máquina gigantesca, complicada, como es nuestra sociedad, compuesta de correas, palancas y mecanismos, y pensar que con pulsar con su dedo en un punto, su punto vital, el centro de gravedad, puede hacer quebrar todo como si fuera un insignificante amasijo de chatarra? Se puede hacer, querida. (Ayn Rand, El manantial, 2,11).

Estos días estoy leyendo fábulas de los hermanos Grimm y me quedé absolutamente pasmado al ver esta ilustración de Caperucita roja:

Que no tiene nada de extraño, dirán ustedes. Y dirán bien. Pero por alguna razón desde niño me había imaginado al lobo feroz como un lobo que caminaba erguido; como un lobo con algo de humano; vaya, como un no-lobo. Es más, en clase de alemán hace un par de meses nuestra profesora nos pasó precisamente este cuento con palabras mutiladas para que completásemos verbos, adjetivos, preposiciones y demás torturas chinas y ni siquiera pensé en la posibilidad de que el lobo pudiera ser, efectivamente, un lobo, sino que lo seguía imaginando como lo que yo había entendido por el lobo feroz. Es curioso, ya con unos añitos aunque sin canas porque me las arranco, que una imagen te atice en la cara y te traduzca repentinamente a la realidad de los adultos lo que en tu cerebro se había quedado anclado en el modo en que imaginabas el mundo durante la infancia.

–No hemos podido reunir la plata. Deseábamos rogarle que esperase a la segunda quincena.
–¡Imposible, chulita!
–¡Hasta la segunda quincena!
–Me duele negarme. Pero hay que defenderse, niña, hay que defenderse. Si no cumplen me veré en el dolor de retirarles el pianito. Acaso para ustedes represente una tranquilidad quitarse la carguita de los plazos. ¡Todo hay que mirarlo!
El ciego se torcía sobre la chicuela:
–¿Y perderíamos lo entregado?
Encareció con mieles el empeñista:
–¡Naturalmente! Y aún me cargo yo con los transportes y el deterioro que representa el uso.
Murmuró, acobardado, el ciego:
–Alargue usted el plazo a la segunda quincena, Señor Peredita.
Tornó a su encarecimiento meloso el empeñista:
–¡Imposible! ¡Me estoy arruinando con las complacencias! ¡Ya no se puede ser más! ¡He puesto fechos al corazón para no verme fregado en el negocio! ¡Si no tengo nervio, entre todos me hunden en la pobreza! Hasta mañanita puedo alargarles el plazo, más no. Vean de arreglarse. No pierdan aquí el tiempo.
Suplicó la niña:
–¡Señor Peredita, dilate su plazo a la segunda quincena!
–¡Imposible, primorosita! ¡Qué más quisiera yo que poder complacerte!
–¡No sea usted de su tierra, Señor Peredita!
–Para mentar a mi tierra, límpiate la lengua contra un cardo. No amolarla, hijita, que si no andáis con plumas, se lo debéis a España.

(Valle Inclán: Tirano Banderas, IV, ii, 2)

[Robin Hood] Es el primer hombre que se ha ganado una aureola de virtud practicando la caridad con una riqueza que no le pertenecía, regalando mercancías que no había producido, haciendo pagar a otros el lujo de su propia benevolencia. Se ha convertido en el símbolo de la idea según la que la fuente de los derechos es la necesidad, no la conquista; según la que no debemos producir, simplemente desear; y no nos pertenece lo que ganamos, sino lo que no ganamos. Proclamando el intento de consagrar su vida a los seres inferiores robando a los superiores, ha ofrecido una justificación a todos los mediocres que, incapaces de ganarse la vida, pretenden disponer de las propiedades de los mejores. Es la más loca de las criaturas; el doble parásito que vive de la necesidad del pobre y de la sangre del rico, y al que los hombres han decidido elevar a ideal moral.

(Ayn Rand: La rebelión de Atlas, II, 7).

Creo que usted tiene una idea un poco anticuada de la ley, señorita Taggart. ¿Por qué hablar de leyes rígidas, inviolables? Las leyes modernas son elásticas y están abiertas a la interpretación en función de las… circunstancias.

(Ayn Rand: La rebelión de Atlas, II, 8).

Estoy fascinado con este libro.

–¿Pero cómo harías para aplicar una ley para la igualdad de las posibilidades a la literatura, Ralph? (…)
–Sería muy sencillo –explicó Balph Eubank–. Se trataría de una ley que prohibiese la venta de más de diez mil copias de cada libro. Esto abriría el mercado literario a nuevos talentos, a ideas originales y a escritos no comerciales. Si la gente no pudiese comprar millones de copias de la misma basura, se vería obligada a comprar libros mejores.
–Sería un comienzo –comentó Mort Liddy–. ¿Pero no supondría un duro revés para las cuentas corrientes de los escritores?
–¡Mejor! Sólo quienes no se ven impulsados por la sed del dinero deberían poder escribir.
–Pero, señor Eubank –preguntó la chica de vestido blanco–, ¿qué sucedería si más de diez mil personas quisieran comprar el mismo libro?
–Diez mil lectores son suficientes para cualquier libro.
–No me refería a eso. Quería decir si quisieran.
–Eso es irrelevante.

(Ayn Rand: La rebelión de Atlas, I,6).

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