Uno de los libros que me llevé para este viaje es el que da título al post: The Assault on Liberty. What went wrong with rights (Londres, Fourth State, 2009). Probablemente no sea intencionado, pero a mí el subtítulo me suena como un ladrido.

Su autor, que ha trabajado en el sector privado primero y en el público después en diversos puestos relacionados con el Derecho Internacional y los Derechos Humanos, ha comenzado en los últimos meses su carrera política dentro de los Conservatives.

Desarrolla varios temas, algunos de los cuales, como por ejemplo las cámaras de videovigilancia, ya saben (uno, dos o tres), me preocupan mucho. Así que daré la chapa en varios posts con fragmentos del tal libro, del que tengo al menos docena y media de páginas con la esquinita doblada.

Y empezamos por el citado. Uno de los datos que más me llamó la atención es que en el Reino Unido es el país que más cámaras de videovigilancia tiene. Se calcula que hay 4.200.000 cámaras instaladas, lo que supone el 20% de cuantas hay en el planeta. Pone como ejemplo que una persona que se dé una vuelta por Londres al cabo del día será grabada por unas 300 cámaras (p.109). Pero, por si esto fuera poco, el gobierno pretende aumentar su número. Y no contentos con vigilar a la gente, en algunos barrios de Londres y Middlesbrough han instalado sistemas de megafonía de tal manera que, si a través de una cámara se detecta un comportamiento considerado anticívico, se pueda proceder a pegar un grito al interfecto en cuestión (p.114).

Uno de los libros que pude leer durante estos días fue la monografía de Joseph J. Ellis sobre Thomas Jefferson que lleva por título American Sphinx. The Character of Thomas Jefferson (Nueva York, Alfred A. Knopf, 1996). Lo compré en Londres de segunda mano, algo que no me acaba de convencer, y lo devoré entre un par de aviones y un par de tardes lluviosas. Probablemente cuanto más se sepa sobre Historia de América mejor se comprenderá el libro, pero creo que es una obra accesible para cualquiera, ya que se trata de la típica síntesis a muy buen nivel con ciertas aportaciones específicas salpicando el texto a la que son tan dados los anglos.

El libro se estructura a partir de un prólogo, cinco grandes capítulos, un epílogo y un apéndice. En el primero se alude al interés que esta figura ha despertado tanto en la Historiografía como en el público, haciendo incluso referencia a Clay Jenkinson y sus celebradas puestas en escena de Jefferson (por ejemplo, ésta). Por supuesto, las más destacadas biografías y los grandes proyectos editoriales también son mencionados. El ejemplo paradigmático de publicación ambiciosa sería la edición íntegra del ingente caudal de textos que de su mano salieron y que desde hace años está imprimiendo Princeton University Press bajo el título The Papers of Thomas Jefferson.

Los cinco capítulos son en realidad marcos en los que el autor encuadra grandes momentos de la vida del presidente, con pequeños saltos en el tiempo para clarificar algunas de sus argumentaciones. Así, el primero de ellos, “Philadelphia: 1775-76”, nos sitúa en la convención en la que las colonias decidieron liberarse de la tiranía de Jorge III y le dieron forma legal con la redacción de la Declaración de Independencia (aquí mi comentario de otro librico al respecto). El segundo, “París: 1784-89”, nos lleva a los contactos de Jefferson con la Europa de su tiempo y con algunos de los padres de la nunca bien –es decir, mal– ponderada Revolución Francesa. El tercero, “Monticello: 1794-97”, nos habla del Jefferson que ha dimitido de su cargo en el primer gobierno del general George Washington y se ha refugiado en su querida hacienda de Virginia, mientras se abre más y más la brecha que produce la primera bipolarización política en Estados Unidos, entre Federalistas y Demócrata-Republicanos. El cuarto capítulo, “Washington, D.C.: 1801-04”, se centra en la primera presidencia de Jefferson y, casi podríamos decir, las líneas de pensamiento que rigieron los EE.UU. durante los dos mandatos de éste y los cuatro subsiguientes de dos de sus estrechos colaboradores: Madison y Monroe. El último capítulo, “Monticello: 1816-26”, nos relata los últimos años de la vida del presidente con una especial atención al fascinante intercambio de correspondencia entre él y John Adams, hasta el cuatro de julio en que ambos murieron.

El epílogo lleva por título “El futuro de una ilusión” y, francamente, sobra. Y el apéndice se centra en el cotilleo histórico morbosete sobre el caso Sally Hemings. Y aunque son poco más de cuatro páginas, no lo leí. Se me ocurren mejores maneras de perder el tiempo.
El principal defecto: le faltan mapas. Y es que hay mucha gente que no entiende que los libros de Historia tienen que llevar mapas. Y como sobre Jefferson hablaré en bastantes más ocasiones y esto ya es demasiado largo, por hoy lo dejo aquí. Quede dicho a modo de resumen rápido que el libro está bien, que es bastante –y sólo bastante– serio en el tratamiento de la materia, que se lee fácilmente y que, de segunda mano pero en perfecto estado, me costó ocho libras. A uno diez: ocho ochenta.

rebelion-en-la-granja-orwell-napoleon-cerdo¿Se acuerdan del libro del que les hablaba hace unos días y que empezaba con el test titulado “Eres un cerdo capitalista”? Lo leí en el vuelo de ida y escribo para recomendarles que no gasten su dinero en él ni su tiempo en leerlo. Lo mejor, sin duda, es el test.

A quien sea un cerdo capitalista el libro le va a aportar bastante poco. Pretende abarcar demasiados temas y los despacha todos de una manera demasiado superficial, sin ningún tipo de rigor en los análisis y dejando demasiados flancos poco o mal resueltos.

A quien no sea un cerdo capitalista, le parecerá absolutamente endeble, cojo, y a cada epígrafe que lea le podrá poner ciento veinte pegas y con toda la razón del mundo.

Es fácil entender que no se puede despachar en doscientas páginas y con profundidad una aproximación, sea cualquiera, a la teoría del estado, a la libertad, a la anarquía, al concepto de precio, a las multinacionales, a las admoniciones apocalípticas de los gobiernos, al trabajo, a los salarios, a los sindicatos, al empleo de los menores, a la discriminación racial y sexual, a la esclavitud, al ecologismo, a la seguridad, a los colegios de profesionales, al déficit, a la banca, al patrón oro, a la teoría del ciclo económico, al Crac del 29, la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial, a la carrera espacial, a la seguridad social, a las empresas públicas, a las leyes anti-trust, al proteccionismo comercial, a la globalización y a algún otro asunto que me estaré olvidando. Ahora bien, entre la profundidad y la superficialidad seguro que hay un término medio para hacer un buen libro de divulgación que no parezca un folleto de una secta.

Chapoteando en la sección de economía de una librería me tropecé con un libro cuyo título me hizo gracia: The Politically Incorrect Guide to Capitalism. Leí la biografía del autor, Robert P. Murphy, y el índice y me pareció simpático. Y lo abrí y veo que empieza con un test titulado “¿Eres un cerdo capitalista? Contesta y descúbrelo”. Hice el test en la librería, de pie y muerto de risa. Y me lo compré, claro. Copio:

  1. ¿Cuánto se le debería pagar a un empleado?
    1. a) En función de la importancia que su trabajo tenga en la sociedad.
      b) Lo suficiente como para que pueda mantener a su familia.
      c) Lo mínimo para que no se largue.
  2. ¿Cuánto debería cobrar una empresa por sus productos?
    1. a) Lo necesario para cubrir gastos.
      b) Un precio que mantenga activa la producción.
      c) El precio más alto que pueda.
  3. Si fueras un productor de automóviles, ¿qué número de muertes al año provocadas por tu producto considerarías aceptable?
    1. a) Obviamente cero.
      b) Obviamente, las menos posibles. El objetivo debería ser hacer que el coche sea el medio de transporte más seguro.
      c) El número de muertos que maximice los beneficios del negocio.
  4. Debes contratar a una recepcionista. Una de las candidatas es eficiente y la otra es guapa. ¿A cuál escogerías?
    1. a) A la eficiente.
      b) A la guapa.
      c) A la guapa si es capaz de atraer una carga extra de trabajo que compense su ineficiencia. De no ser así, a la eficiente.
  5. ¿Qué opinas sobre los anuncios publicitarios?
    1. a) Son una forma insidiosa de lavado de cerebro por parte de las empresas que se aprovecha de nuestros instintos y prejuicios más bajos.
      b) A veces son inteligentes, sobre todo durante la Super Bowl, pero en general los anuncios son banales y aburridos.
      c) Pueden ser un excelente medio para incrementar las ventas, una vez que individualizamos correctamente los intereses de los destinatarios.

Si has respondido (c) a tres de las cinco preguntas, podrías ser un cerdo capitalista. Si lo eres, puedes gruñir, pero como veremos es mejor para todos tener muchos cerdos capitalistas que muchos cerditos dedicados a la burocracia.

harvard-college-1725Acabo de leer un curioso libro de Caroline Winterter que se titula The Culture of Classicism. Ancient Greece and Rome in American Intellectual Life, 1780–1910 (Baltimore–Londres, The John Hopkins University Press, 2002) y he extraído algunos datos interesantes.

Resulta que los primeros protestones que se afincaron en los actuales Estados Unidos fundaron en Nueva Inglaterra las primeras Escuelas de Gramática. Las dos primeras y más importantes en Boston, y poco tiempo después siete más en el resto del futuro Estado de Massachusets. Su plan de estudios ponía el acento en el aprendizaje del latín, el griego y el hebreo y, en cierto modo, preparaba el camino para que sus estudiantes pudieran acceder a la única universidad que existió en aquellas tierras entre 1636 y 1692: Harvard. En el otro foco de desarrollo de las colonias americanas, Virginia, donde en estos tiempos la educación estaba menos institucionalizada y más en manos de profesores particulares, los contenidos eran similares.

Los críos de las dos mencionadas escuelas de Boston leían en el cuarto año de su formación obras ovidianas, como De Tristibus o las Metamorfosis, y algunos textos de Cicerón. Y sobre éste último seguían trabajando en cursos sucesivos mientras se zambullían en el estudio de la obra de Hesíodo. Aprendían a escribir diálogos, a versificar, a escribir en estilo, a declamar y a hacer traducción directa e inversa.

Y para entrar en Harvard, en esta época, tenían que ser capaces de leer a Cicerón y otros autores latinos del mismo período; escribir y hablar en latín, tanto en prosa como en verso; y dominar la conjugación y la declinación del griego.

Siglo y pico después, entre 1790 y 1800, los requisitos de acceso de varias universidades, como Williams, Brown, el King’s College (Columbia), Yale y Harvard eran mayores: ser capaz de leer a Cicerón y a Virgilio en latín y el Nuevo Testamento en griego.

Pero tras la Guerra de Secesión, con la industrialización y el dinero corriendo a raudales, con un montón de ganapanes y nuevos ricos llegando a detentar cargos importantes, llegaron las rebajas. Que a quién le importa conocer lenguas muertas; que quienes se vayan a dedicar a cuestiones técnicas lo que tienen que estudiar son las cuatro reglas; que quienes se vayan a dedicar a otras humanidades pueden elegir si estudiar o no estas cosas; y se desarrolló paulatinamente la idea de universidad como mercadillo, es decir, la rentabilización rápida y cortoplacista del producto rebajando las exigencias de calidad a cambio de liquidez inmediata. Todo lo que venía a sobreponerse a la relación que se estaba estableciendo en la Europa de los estados-nación entre universidad, conocimiento, dinero y estado.

Y, claro, la puntilla en la posmodernidad, que lo trivializó todo: cuidadín que el niño se estresa, se traumatiza y no es feliz. Y en España, donde siempre vamos plus ultra, llegamos al punto de haber convertido las universidades en fábricas de licenciados y doctores que ni siquiera saben hablar y escribir con propiedad y corrección en su propio idioma. Pero lo importante es que nadie se esfuerce, se estrese, se traumatice y, sobre todo, que tenga en la cara una sonrisa como la de la pretty woman. Walking down the street.

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Uno de los libros que devoré este verano, en un día, fue éste. Me reí mucho, ya no por la contraposición de visiones del mundo, que también, sino especialmente porque Doña Perfecta me recuerda muchísimo a alguien de mi familia.

bela-lugosi-conde-count-vlad-dracula-draculea-tepesEl otro día me di cuenta de uno de los muchos absurdos que pueblan mi vida: a pesar de que me encanta la temática vampírica –también en la interpetación lujuriosamente tamizada por Anne Rice–, y que he visto películas de vampiros hasta aburrir –por supuesto todas las de Christopher Lee, pero también bazofias como Drácula 2001 y La reina de los condenados–, sin embargo no había leído la novela de Bram Stoker. Únicamente una versión resumida y adaptada en clase de inglés en el instituto.

Así que hace un par de semanas decidí comprarla y casualmente la encontré en inglés por 4 eurillos. Oigan, voy a descubrir la pólvora pero está maravillosamente escrito. Stoker es capaz de crear sensaciones y una atmósfera muy particular mediante el uso de las palabras:

You may go anywhere you wish in the castle, except where the doors are locked, where of course you will not wish to go. There is reason that all things are as they are, and did you see with my eyes and know with my knowledge, you would perhaps better understand

Además escribe en ese inglés que a mí me gusta y que ya no utiliza casi nadie:

You shall, I trust, rest here with me a while, so that by our talking I may learn the English intonation; and I would that you tell me when I make error, even of the smallest, in my speaking. I am so sorry that I had to be away so long today; but you will, I know, forgive one who has so many important affairs in hand

Yo les recomiendo sinceramente que se zambullan en este libro en su idioma original.

Y, por cerrar este tema, y después del Nosferatu del otro día, les dejo a continuación el Drácula de Bela Lugosi.

(Aquí la segunda parte y las demás en relacionados).

–Me hace sentirme como si… –vaciló, buscando palabras para expresarse– como si fuese más yo mismo y no una parte de algo más, ¿me entiendes? No sólo como una célula del cuerpo social. ¿Tú no te sientes así, Lenina?

Pero ella estaba llorando.

–Es horrible, es horrible –repetía una y otra vez–. ¿Cómo puedes hablar así? ¿Cómo puedes decir que no quieres ser una parte del cuerpo social? Al fin y al cabo, todo el mundo trabaja para todo el mundo. No podemos prescindir de nadie. Hasta los Epsilones…

–Sí, ya lo sé –dijo Bernard, burlonamente–. “Hasta los Epsilones son útiles”. Y yo también. ¡Ojalá no lo fuera!

Lenina se escandalizó ante aquella exclamación blasfema.

–¡Bernard! –protestó, dolida y asombrada–. ¿Cómo puedes hablar así?

–¿Que cómo puedo? –repitió Bernard en tono meditabundo–. No, el verdadero problema es: “¿Por qué no puedo hablar?”. O, ya que en realidad sé perfectamente por qué, la pregunta adecuada es ¿qué sensación experimentaría si pudiera, si fuese libre, si no me hallara esclavizado por mi condicionamiento?

–Pero, Bernard, dices unas cosas horribles.

–¿Es que tú no deseas ser libre, Lenina?

–No sé qué quieres decir. Yo soy libre.

(Aldous Huxley: Un mundo feliz, cap.6).

george-orwell-1984-animal-farm-rebelion-en-la-granjaPara el viaje de ida me llevé 1984, que todavía no había tenido tiempo de acabarlo. Me encantó. Me volví loco. Es un libro como para hacer un juramento sobre él.

Así las cosas, decidí comprarme para el viaje de vuelta Rebelión en la granja. Me fui a una librería, lo encontré y cogí también Los días de Birmania. Y ya puestos compré dos libros fundamentales que aún no he leído: La democracia en América y El Antiguo Régimen y la Revolución, ambos de Tocqueville. En el avión acabé Rebelión en la granja. Sencillamente memorable. Y empecé el de Birmania, que por ahora no me está gustando tanto. Pero estoy decidido a acabarlo.

Y seguro que un día de éstos planto algunas de las citas que más me gustaron. Pero por ahora prefiero recomendarles que los lean.

isabel-san-sebastian-la-visigodaAntes de llegar a mi destino tuve que cogerme el coche, un avión, tragarme tres horas escasas en Barajas, coger otro avión, a continuación un autobús, un tren y un bus urbano, para llegar a mi hotel bastantes horas después. Así las cosas, era necesario llevar un libro gordito. Oigan, pues poco más y no me llega ni para el viaje de ida.

Como muchos ya sabrán, La visigoda es la primera novela que escribió Isabel San Sebastián. No me resisto a decir que esta mujer me cae muy simpática porque me gustan las señoras con mucho carácter. Me encanta su cara de enfado perpetuo y me encanta su sonrisa de hiena. Además, con bastante frecuencia estoy muy de acuerdo con sus opiniones. Al grano. Porque la autora me cae bien, hace algún tiempo que me regalaron este libro, que elegí para el viaje siguiendo criterios de los míos; como me iba muy temprano, el libro tenía que estar en castellano, para no caer frito sobre él; como no facturé equipaje y tenía diez quilos, tenía que ser ligero; y como iba a tener mucho tiempo por delante, tenía que ser gordito.

El argumento de la novela lo encuentran a poco que busquen, así que me limito a decirles que me gustó. Está muy bien escrita –las primeras cincuenta páginas mejor que el resto–, con una prosa muy cuidada y con frases muy largas, como a mí me gusta. La trama está bien construida y el libro engancha. A una obra de este género es lo que se le pide, al menos yo, así que mi enhorabuena a la autora y mi sincera recomendación. Es un libro ideal para leer en medios de transporte o en la playa. No es adecuado para leer antes de dormir, ya que querrían seguir y se desvelarían.

usa-declaration-independence-declaracion-independencia-4-julio-july-1776Uno de los libros que pude leer estos días fue La declaración de Independencia. Una historia global de David Armitage, un catedrático de Historia de Harvard. Me lo regalaron hace unos días y no veía el momento de meterle el diente. El libro es fantástico. Su autor estudia la Declaración de Independencia de los EEUU desde varios puntos de vista: la sitúa en su contexto histórico, analiza su contenido a la luz de la filosofía del Derecho del momento de su redacción, estudia el modo en que fueron leídas ciertas frases en momentos subsiguientes de la Historia de los EEUU, la manera en que sirvió de base legal para otras declaraciones de independencia, … Pero, sobre todo, pega un repaso a doscientos años de Historia, de América a Asia, de Europa a África, un salto de canguro a Australia y Nueva Zelanda, de los imperialismos a los colonialismos, de la descolonización a Kosovo, que aún no me he conseguido reponer. He apuntado el título de otro libro de este hombre para comprar: Greater Britain, 1516-1776. Essays in Atlantic History. Y es que aunque en Harvard fueran un poco progres y por ello unos protestones muy conservadores fundasen Yale, ante ellos hay que quitarse el cráneo.

Y pongo una foto de la Rotonda del National Archive de Washington DC donde se conserva y expone este documento junto con la Constitución y la Bill of Rights.

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Gilgamesh, ¿a dónde vas con tanta premura? No encontrarás jamás la vida que buscas. Cuando los dioses crearon al hombre, le asignaron como destino la muerte, mientras que mantuvieron la vida para sí mismos. En cuanto a ti respecta, Gilgamesh, llena tu vientre de cosas buenas. Día y noche, noche y día, danza y sé feliz, disfruta de la comida y alégrate. Que estén limpias tus ropas, lavadas en agua. Ama al chiquillo que te da la mano, y haz feliz a tu mujer con tu abrazo. Porque también éste es el destino del hombre.

(L'epopea di Gilgames. Milán, Adelphi, 1986, 134)

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