pina

No puedo dejar pasar el día de hoy sin escribir una línea para desearles a todos ustedes que tengan una agradable cena en compañía de sus personas queridas.

Y para contribuir a que su paso de un año al otro empiece con buena cara les propongo sumarse a mi campaña “No al empezar el año con cara de estreñido que escupe pepitas“. Un servidor está harto de mantener una tradición que arrancó en 1909 porque hubo una cosecha muy abundante de uvas. Sobre todo porque en diciembre ya tienen la piel demasiado gruesa, saben mal y son todo pepitas. Por ello, este año que concluye lo empecé comiendo doce trozos de piña, que está muy rica. Gracias a ello, la primera frase que articulé no fue “vaya mierda de uvas”, como siempre, sino un más positivo “feliz año”. Pueden incluso regarla con Cointreau, o sustituirla por gajos de mandarina. Se me ocurren mil variantes.

En todo caso, que lo pasen ustedes bien y sean prudentes a lo largo de la noche. Especialmente los que vayan a coger el coche, como yo.


A un lado del río pronuncian muchas consonantes. Al otro, muchas vocales. A un lado, las palabras son largas, pero claras y definidas. Al otro, vatodoseguidohastaquedarsesinaire. A un lado hablan como mínimo dos idiomas. Al otro, uno y gracias. A un lado el mercado de Navidad (Weichnachtsmarkt) se centra en la Navidad. Al otro, el mercado de Navidad (marché du Noël) se centra en el mercado. A un lado comen salchichas. Al otro, queso. A un lado comen fruta bañada en chocolate. Al otro, bollos. A un lado beben vino caliente con especias. Al otro, zumo de manzana caliente con especias. A un lado sirven estos brebajes en tazas. Al otro, en vasos de plástico. A un lado todo es barato. Al otro, caro. A un lado, las calles están impolutas. Al otro, no tanto. A un lado hay agua caliente en los baños de las cafeterías para lavar las mano. Al otro, fría. A un lado los dueños recogen las cacas de sus perros. Al otro, las pisamos los visitantes. A un lado te pisan y te piden disculpas. Al otro, te pisan y punto. Y podríamos seguir un rato más.

Pueden pensar, y tendrán razón, que a mí me gusta más un lado que el otro. Pero lo que escribo es la constatación de lo que volví a experimentar en estos días de viaje. Conste, asimismo, que a ambos lados fueron igual de encantadores. Aunque yo veo con mejores ojos una sonrisa de un lado que del otro.

¡Por Dios, si compré unos Strepsils en una farmacia y me regalaron un paquete de kleenex! Adivinen de qué lado. Pues eso.

Pero, como siempre, dejaré unas cosas programadas para que no me olviden y me recuerden cuando esté lejos.

Día 11.- Enredando con la toponimia: El Ferrol. 12.- Velázquez und sein Jahrhundert. 12.- El Infierno Vasco en El Ferrol. 13.- La evolución en un minuto. 14.- La elegancia en Mozart. 15.- Edad y conocimiento. 16.- Arte, Derecho y Aristóteles. 17.- Castigo ejemplar. 18.- El adiós de Ola. 19.- Suspiros de España. 20.- Menú de Navidad.

Hasta pronto, amigos.

Por suerte hace mucho tiempo que no tengo que declarar una Guerra con mayúsculas, entendiendo por tal la batalla en la que soy implacable, tenaz e inquebrantable y que requiere el uso o bien de mis armas de seducción masiva, o bien de toda mi mala baba, que no es poca (*). Las guerras con minúscula las declaro con frecuencia, varias al mes, como por ejemplo mi reciente batalla contra Fernando Palacios y la nueva programación de Radio Clásica. Forman parte de mi encanto.

Sin embargo, las que más disfruto son las microguerras, entendiendo por tal aquellas pequeñas batallas en que el enemigo ni siquiera es consciente de serlo, que generan pequeñas victorias de las que sólo yo me entero, y que hacen que mi interior sonría. Ya les expliqué en otra ocasión el concepto de “café de las visitas“. Hoy les voy a hablar del beso en la guerra.

Como vivimos en sociedad, estamos acostumbrados a que cuando un hombre se encuentra con una mujer, o dos mujeres entre sí, se saluden con sendos ósculos en sus mejillas. La derecha primero, la izquierda después (**). Y, oigan, las formas nunca se pueden perder. Cómo resolver entonces la situación de tener que besar a alguien que, por las razones que sean, no consideras merecedor de tus ósculos.

Caso primero. Te encuentras con una persona a la que no quieres besar. Difícil, pero posible de salvar con elegancia. Si te encuentras a uno de estos especímenes por ahí, en el momento en que todos sabemos que es imposible el evitar el ósculo yo recurro a una estratagema que, aunque parezca burda, funciona perfectamente. Se trata de, milésimas de segundo antes del punto de no retorno que todos sabemos que existe, fingir un traspiés, un tropezón, una pérdida de equilibrio. Inmediatamente hay que hacer algún tipo de chiste o chanza y sacar al toro de su ubicación. Comenzar a moverse y ser capaz de invitar a nuestro interlocutor-no-osculado a hacer lo propio. El momento del beso ha pasado y ya no es necesario volver atrás. ¡Victoria!

Caso segundo. Gente a la que no te importa demasiado besar pero que no consideras merecedora de tus besos. Es mi caso favorito. Solución salomónico-puñetera: un único beso. Me encanta. Tras darlo, sabes perfectamente que la otra persona va a poner la otra mejilla. Entonces tienes que fingir absoluta naturalidad, fingir que no ves la cara de pardillo que se le queda al tener el cuello estirado y los morros en posición de emitir un sonido besuquil y comportarte con absoluta normalidad. Lo ideal es fingir que para ti el saludo oscular consiste en un único beso, comenzando a hablar mirando hacia otro lado o apelando a otro interlocutor si lo hubiere. Es fundamental mantener la compostura y ni siquiera esbozar una leve sonrisa. Es un pequeño triunfo, pero un triunfo a fin de cuentas.

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(*) Quienes me conocen bien suelen decir que no les gustaría tenerme como enemigo. Lo considero un halago.

(**) En Italia, por ejemplo, cuando te presentan a una persona, sea del sexo que sea, lo habitual es darse la mano. Sólo se dan besos cuando hay un cierto grado de afectividad. Incluso entre hombres de la familia o que te consideran de la familia. Sin embargo, ellos besan primero del lado izquierdo y luego del derecho. A veces esta mínima diferencia cultural genera situaciones muy divertidas que dificultan el ósculo. Doy fe.

Me han descubierto dónde comprar mi té favorito en Roma. Yo había estado en varias de las tiendas, pero nunca lo había encontrado. Voy a hacer publicidad gratuita: Castroni, en Piazza della Balduina 1-1A; Via Boccea 173-175; Via Catania 54; Via Cola di Rienzo 196-198; Piazza Imerio 73-74; Via Ottaviano 55; Via Flaminia 28-32; y Via delle Quattro Fontane 38. ¡Y, además, céntrico! Eso sí, hay que llevar la cartera bien preparada.

Olvidé llevar la cámara de fotos. Olvidé llevar una mochila para traer los mil libros y discos que, como siempre, compré. Olvidé llevar separatas de mis publicaciones. Olvidé tomar el refresco de naranja amarga de Sanpellegrino. No me acordaba del nombre del arquitecto de la Fontana di Trevi. Dudé en quién fue el arquitecto de Santos Vicente y Anastasio. Confundí la basílica de San Clemente con no sé cuál. Charlando con una colega no recordaba cómo se llamaban un par de señores sobre los que he hablado en público en más de una ocasión. Incluso escrito. O voy mayor, o estoy desentrenado. O ambas opciones.

El método Noatodo para el aprendizaje de idiomas se aleja de los usos y costumbres habituales, puesto que me siento imbécil, me canso y sobre todo me aburro si tengo que hacer ejercicios de completar huecos, poner en interrogativa y conjugar verbos. Por ello, mi sistema consta de cuatro pasos:

1.- Estudiar una gramática, a pelo y sin anestesia. Página uno, luego la dos, tres, y así hasta el final.

2.- Escuchar ópera en el idioma en cuestión con el libreto bilingüe en la mano.

3.- Leer. Primero sobre un tema que se domine, luego sobre cualquiera.

4.- Ver cualquier serie, película, programa o basura, valga la redundancia. Primero con subtítulos, luego sin ellos.

Doy fe de que es un método que da muy buenos resultados. Sólo tiene un pequeño defecto, y es que por culpa del punto 2, a quien ha seguido el método Noatodo, a veces se le escapa algún arcaísmo. También puedo dar fe.

Cuando vivía aquí sabía perfectamente que los días de lluvia no se podía poner un pie en la calle, y me quedaba en casa. Hoy he pecado de ingenuidad. Me levanté, no muy temprano. Salí a la calle, rumbo a una de mis bibliotecas favoritas, a unos cuatro quilómetros de mi alojamiento. Nubes amenazantes. Llego a la parada del autobús. Espero cuarenta minutos. Obviamente, no viene. Empiezan a caer microgotas. Decido moverme. Camino escasos metros. Empieza a llover en serio. Voy hacia la librería francesa, junto a San Luigi dei Francesi, donde ayer había visto un libro traducido del alemán que quería comprar pero prefería leer en italiano o inglés. Llego. Llueve a chuzos. Cojo el libro. Chapoteo. Cojo también una novela de Maupassant y otra de Zola. Pasmo media hora, esperando a que escampe un poco. Me atrevo a salir. Enfilo Ripetta. Al llegar a la altura en que estaba el precioso puerto, empieza a llover más. Me desvío al Corso. Entro en una de mis tiendas de discos preferidas. Hago el tiempo, a la espera de que escampe entre DVDs, CDs, libros de música y mil partituras. Salgo cuarenta minutos más tarde, cuando el tiempo lo pseudo-permite. Empiezo a caminar hacia la Piazza del Popolo. Llego a la altura de las iglesias de Rainaldi y empieza a caer el diluvio. Me fijo, y a la derecha hay un arca inmensa, con una pareja de animales de cada especie y un señor con larga barba sobre ella. Creo que se llama Noé. Sigo caminando, empapado. Las tres iglesias marianas de la plaza cerradas. Me cobijo bajo la Porta que, según algunos sostenemos, diseñó Miguel Ángel. Pasa el tiempo. Me empiezo a pudrir. Nace musgo entre mi ropa y mi piel. Decido abandonar la idea de la biblioteca, hasta donde aún tendría que caminar un buen rato, y coger allí mismo el metro para irme a pasmar al Vaticano. El metro está inundado. Claro. Me pongo como otra sopa para y al entrar. Lo cojo. Llego a la parada de Ottaviano. Intento salir a la calle, pero llueve demasiado. Espero veinte minutos, mirando la lluvia como las vacas al tren. Como un perdedor, y a las dos de la tarde, me cojo el metro en sentido contrario y voy hasta la estación de Termini, a comer algo sin tener que salir a la calle. Chapoteo primero en la librería y la tienda de discos. Subo al piso superior, a comer algo sentado. En la puerta de donde he elegido comer hay una mendiga, empapada. Anciana. La miro con pena. Se dirije a mí. Me dice que le han robado y me pide dinero. Le digo que voy a entrar a comer, y que si tiene hambre que me acompañe y que elija lo que quiera, que yo la invito. Me dice que no. Que sólo quiere dinero. Paso de ella. Entro. Como. Espero a ver si escampa un poco y me atrevo a salir a la calle para cojer un autobús que me acerque a mi alojamiento. Por fin me atrevo a salir. Cojo el bus. Vuelvo. Compro unos bombones cerca de casa para ahogar las penas. Llego a mi habitación. Han pasado más de cinco horas y no he hecho nada. Y es que, bien sabiamente, defendía yo hace no mucho tiempo que en Roma, cuando llueve, lo único que se puede hacer es quedarse en casa. Nunca lo olviden.

Cuando ustedes lean esto, yo ya estaré en otro país. Durante unos días no podré atender el blog como a mí me gustaría, pero sé que ustedes lo cuidarán bien en mi ausencia. Les dejo en el post que sigue una selección de canciones de despecho, a ver cuál es la que más les gusta.

Y para que no me echen de menos, a lo largo de estos días irán apareciendo otras entradas que dejo programadas. Martes 11: Inquietante imagen; Miércoles 12: Tú verás lo que te mola; Jueves 13: Y ahora no os gusta; Viernes 14: ¿No a todo Presidente?; Sábado 15: Paul Veyne: El sueño de Constantino; Domingo 16: El caballero de la rosa (II); Lunes 17: Los privilegios de los presos etarras.

Hasta pronto, amigos.

“El otro día, un camionero despiadado, utilizando su vehículo como arma letal, con saña y alevosía, se lanzó a asesinar a un pobre, desorientado y débil oso pardo de metro ochenta de altura y cien kilos de peso que caminaba tranquilamente por una autovía para poder ir a buscar comida para sus crías, que son demasiado pequeñas para valerse por sí solas. Ahora, huérfanas de padre, están abocadas a luchar contra un mundo cruel e intolerante en que ser oso es difícil por culpa de sádicos de esta calaña. ¿Quién es el animal? ¿Quién?”.

Así se podría contar la historia de un accidente que ocurrió el otro día en la A-6. El Diario de León prefirió titularlo “Muere un macho de oso pardo en la A-6 tras ser atropellado por un camión”, y La Voz de Galicia optó por un sencillo “Un oso muere atropellado por un tráiler en la A-6, cerca de Pedrafita”. Lo fundamental es que la noticia es la muerte de un oso pardo.

Me da la sensación de que los redactores de estas noticias no tuvieron la desgracia de ir circulando por la N-622 entre Lerma y Palencia hace cosa de un año, al atardecer, cuando un jabalí de 120 kilos según la Guardia Civil se lanzó a la carretera chocando con su coche, quedando malherido, hasta que uno de los agentes le descerrajó seis tiros en la cabeza, seis, para poder rematarlo. Si en vez de ir en coche yo hubiera ido en moto, ahora mismo lo más probable es que no estuviera escribiendo esto. Pero eso qué más da. Lo importante es la muerte de un pobre animal indefenso.

Yo hubiera titulado “Un camionero sufre un accidente al colisionar su vehículo con un oso que paseaba por la A-6″. Y subtitularía “Afortunadamente el conductor no ha sufrido daño físico alguno”. Pero, claro, yo no soy periodista.

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PS: El coche no estaba así de sucio antes de chocar con el bicho. Conste.

PPS: Aunque el golpe parezca pequeño, su reparación costó casi 9.000 euros.

(Visto en ABC: Puebla, 21/09/2008)

Hace unos días me reía mucho con este chiste y despotricaba para mis adentros, incluso afueras, sobre la bisoñez intelectual del desgobierno, también en materia económica. Me decía a mí mismo que eran unos incompetentes y que, como siempre, no hacían nada decente. Oigan, pues desde que se han pseudo-metido en faena, tengo miedo. El otro día salió Solbes diciendo que los bancos no tendrían problemas. A mi madre casi le da un patatús, pero yo le repliqué que no se preocupase, que por una vez decía la verdad, y que era como el cuento del lobo. Pero empiezo a tener pánico. Desde que ZetaP y Maritere se encargan de repicar cada día que el sistema bancario español es el mejor del mundo mundial y que no habrá ningún problema, empiezo a tener sospechas, suspicacias y terrores. Cuando aprueban partidas presupuestarias que no estarán sujetas a control más que trimestral por valor del 15% del PIB, cuando dicen que van a garantizar los subsidios de desempleo, cuando dicen que van a… Cuando… ¡Cuando el presidente o uno de sus vicepresidentes abren el pico para tranquilizarnos!

Estoy a punto de tener doble personalidad. Me digo a mí mismo, no te preocupes, los bancos funcionan bien, los grandes no tendrán problemas ni de coña; las cajas fundamentales tampoco y tal. Pero también me digo, cuidado, cuidado y cuidado. Son socialistas.

En resumen, así estoy yo:

Según la RAE del siglo XXI (Diccionario panhispánico de dudas - artículos temáticos - acentuación - tilde - 3.2.1), sólo se acentúan los pronombres demostrativos “cuando haya riesgo de ambigüedad”. Por ejemplo, “¿Por qué compraron aquéllos/aquellos libros usados?”. En el primer caso aquéllos es pronombre y funciona como sujeto, y en el segundo aquellos acompaña al sustantivo. Me da absolutamente igual. Yo seguiré acentuando los pronombres, como toda la vida.

Mi gata es mucho más íntegra que mucha gente que conozco. Si le caes bien te habla, te acompaña e incluso juega contigo. Sí, ella contigo. Si no, te ignora, se aleja, incluso en algún caso huye.



Carissima Arianna:

È passata tanta acqua sotto il ponte dalla prima volta in cui ne udì questa canzone, e non saprei proprio dire il giorno. Chi se ne frega! Sono assolutamente sicuro che non avevo ancora dei capelli grigi. Figurati! Ma quello più importante è che tu ne eri accanto.

Sapresti dire quante volte la abbiamo cantato insieme? Ogni volta che la ascolto mi vengono in mente due posti, tutti e due tra la FI-PI-LI e casa nostra. È assurdo. Lo so. Ma, quello più importante è che, soprattutto, mi vengono anche in mente tantissime belle rimembranze.

Riccordi, Arianna, i nostri più cari amici: Azulito, Dientecitos, Cabezón, La Invertida, El Mayordomo Inglés, La Falapouco, Hestia Giustiniani, Cara de Rata, Propercio ed il suo alievo Procopio? Riccordi quel così divertente caffè con quelle due catalufe? Riccordi quanto eri (sei) giovanissima? Riccordi i tuoi nome e cognome alla mensa? Riccordi il mio parrucchiere? Ed il tuo? Riccordi la schiacciatta della COOP ed il pollo al rosmarino del mercatino di Pontedera?

Mi mancano tanto quei giorni di felicità assoluta, in cui prendevamo la macchina e giravamo il bel paese, mentre Luciana e Carlo erano stupiti per i nostri viaggi. Firenze, Siena, Vigevano e Lucca sotto la pioggia. Milano, Ferrara, Bologna, Padova e Parma sotto il sole. Bomarzo da impazzire. San Gimigniano per ritornare in futuro. Tarquinia, Verona e la bella Ravenna. Todi, Prato, Rimini ed Urbino per mia volontà. Mantova, da morire. Roma, che te picchio. Torino senza il figlio del diavolo. Volterra e le tue fotografie. E tanti altri posticini…

Magari, cioè sicuramente, qualche giorno ritorneremo là tutti e due insieme ma, nel frattempo, ci sarà sempre questa canzone che ci porterà al nostro, purtroppo, lontano passato, così felice malgrado tutto (e tutti) quanto (-i).

Fa attenzione alla fine del video, perché c’è un “secondo me” oppure “parlerò”. Loro sono proprio così. Ma, comunque, non dimenticare che malgrado possa sembrare che abbiamo cambiato parecchio, alla fine e per fortuna siamo ancora gli stessi.

A presto, bella.

PS: Se lo preferisci c’è una interpretazione migliore di questo video premendo qui.

Le Vibrazioni: Vieni da me

Le distanze ci informano che siamo fragili e guardando le foto ti ricorderai quei giorni di quiete sapendo che te ne andrai, ma io avendo paura non ti cercherò più.

Vieni da me, abbracciami e fammi sentire che sono solo mie piccole paure. Vieni da me per vivere ancora quei giorni di incantevole poesia e ridere di questa poesia

I veli trasformano intere identità ma è guardando le stelle che m’innamorerò di tutte le cose più belle che ci son già ma che fanno paura perché siamo fragili.

Vieni da me, abbracciami e fammi sentire che sono solo mie piccole paure. Vieni da me per vivere ancora quei giorni di incantevole poesia e ridere di questi giorni dove tutto cio è stato pura poesia.

Estudiaba yo hace no mucho tiempo que tres de las cualidades que se predican del Derecho son la validez (*), la eficacia y la justicia. Vamos a hablar de la eficacia con un ejemplo práctico. Hoy mismo he recibido una carta certificada del Instituto Gallego de Consumo referida a una reclamación que presenté ante este organismo hace un año, un mes y unos cuantos días. Todo ese tiempo se han tomado para contestarme que los hechos por los cuales yo incoé mi reclamación no son de su competencia (algo que yo ya sabía, habida cuenta que ciertos temas del todo cotidianos no competen a nadie) y que, en consecuencia, puedo (y traduzco) “acudir si lo deseo a los Tribunales Ordinarios de Justicia”, quedando a mi disposición. “¡Oh, pardiez!”, me dije. “Es de bien nacido ser agradecido”. Por ello aprovecho este humilde espacio para darles de todo corazón las gracias a semejantes cráneos privilegiados, próceres burócratas, por tan rápido como sabio consejo que jamás se me hubiera podido ocurrir a mí solito. Ni siquiera con la ayuda de mi mamá. Menos mal que hace ya un año decidí pasar de protocolos institucionales y me fui con una abogada-testiga-amiga del ganchete a la puerta de mi acreedor para decirle que aflojara la mosca o nos veríamos las caras en serio, porque si espero a que la administración funcione eficazmente, me salen (más) canas. Y la casa seguiría sin barrer.

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(*) Sobre la validez formal hablaré un día que esté inspirado en relación a Ibaerrehachenegativo y su pseudo-referéndum.

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