Jul
8

Que no te guste el fútbol es un problema. Me acabo de encontrar por el pasillo con un compañero italiano que con su simpático acento florentino y la mejor de sus sonrisas me dice: “enhorabuena por lo de ayer”. Y voy y le contesto: “¿por qué?; ¿qué hice ayer?”. Claro, quedé como un gilipollas.
Jul
8
Estos días estoy leyendo fábulas de los hermanos Grimm y me quedé absolutamente pasmado al ver esta ilustración de Caperucita roja:
Que no tiene nada de extraño, dirán ustedes. Y dirán bien. Pero por alguna razón desde niño me había imaginado al lobo feroz como un lobo que caminaba erguido; como un lobo con algo de humano; vaya, como un no-lobo. Es más, en clase de alemán hace un par de meses nuestra profesora nos pasó precisamente este cuento con palabras mutiladas para que completásemos verbos, adjetivos, preposiciones y demás torturas chinas y ni siquiera pensé en la posibilidad de que el lobo pudiera ser, efectivamente, un lobo, sino que lo seguía imaginando como lo que yo había entendido por el lobo feroz. Es curioso, ya con unos añitos aunque sin canas porque me las arranco, que una imagen te atice en la cara y te traduzca repentinamente a la realidad de los adultos lo que en tu cerebro se había quedado anclado en el modo en que imaginabas el mundo durante la infancia.
Jun
29
Como todo el mundo me pregunta indefectiblemente por él, a veces incluso antes de preguntarme por mí mismo y presuponiendo que soy una especie de comemascotas, les dejo unas fotos con fecha y hora del bichiño jugando conmigo este domingo mientras nos tomábamos una zanahoria y un café respectivamente y que demuestran que al menos entonces no había pasado por la cazuela.
Trepando a mi rodilla:

Vista cenital que demuestra que no tiene bichos y está muy limpito:

Y mirándome con cara de “pero qué es esa máquina que lleva hoy el gilipollas”:

¡Más rico!
¡Uy! ¡Dije “rico”!
Jun
17
Salí de casa vestido de primavera con un paraguas en la mochila porque había una nube que tenía aspecto de ser mala gente. En media horita estaría en clase de alemán. Llevaría poco más de cinco minutos caminando cuando empezó a llover. ¿Dije llover? Diluviar. Zigzagueando de toldo en portal y de escaparate en andamio estaba llegando a mi destino empapado como una verdadera sopa y con los pieses haciendo chof chof cuando tuve una ideíca: me metí en una tienda de ropa deportiva para comprar unos calcetines. Como la ropa de deporte es un género que no domino me miraron con cara de “este tío es lerdo” cuando me desenfundaron unos calcetos de color gris clarito y les pregunté si no tendrían algo un poco más simpático, de colores, dibujos o, al menos, que no contribuyeran a la impactante iconografía de príncipe de los escayolos. Me dijeron que gris claro o blanco. ¡Gris! ¡Gris! ¡Por favor! ¡Gris! La dependienta, muy maja, me ofreció cambiarme allí, pero le dije que mejor lo hacía cuando llegase a mi destino para no empapar mi nuevo par en los minutos que me quedaban de camino. Llegué a clase, dejé mis cosas en el aula, desenfundé mis nuevos calcetos, mis compañeros me miraron con cara de o, me fui al baño y me los puse. ¡Qué bien, oigan!
Conclusión y lección aprendida: a partir de ahora en mi mochila, además de lo que proceda, irán siempre unos calcetines a juego con mi ropa. Por si.
Jun
15
Como sé que a alguno de mis lectores le gusta psicoanalizarme, les voy a contar uno de mis últimos sueños.
Salía de un centro comercial acompañado de un buen amigo que es Policía Nacional. Pasábamos por delante de un Dunkin’ Donuts y en ese momento yo le decía “cuidado con ese tipo” y él me respondía “soy policía, Noatodo, huelo el peligro y éste es inofensivo”, pero nos parábamos y nos hacíamos a un lado para que pasara delante. Yo le decía “lo que eres es un fantasma”. Nos echábamos a reír y mientras nos reíamos otro tipo agarraba a mi amigo por el cuello intentándolo asfixiar. Yo desenfundaba una llave de mi bolsillo y con ella le rajaba una mano, que empezaba a sangrar y a manchar la camisa de mi amigo. Y en ese momento el delincuente me pegaba un tiro en la cabeza con una pistola que tenía escondida entre las manos. Justo antes de caer al suelo, yo no veía mi vida pasar ni nada por el estilo, sino que únicamente me daba tiempo de pensar una cosa: “¡mierda!”. Y no recuerdo si moría antes de despertar o si despertaba antes de morir.
Dos informaciones complementarias:
1.- Siempre digo que en caso de que alguien nos ataque y no tengamos nada mejor con lo que defendernos debemos coger la llave de casa, sujetarla con fuerza como si fuera un punzón y clavársela en un ojo. A lo mejor, mientras al caco se le salen los humores y riega con ellos los geranios, nos da tiempo de escapar. Y si no llega a ser así y conseguimos sobrevivir a su agresión, en una rueda de reconocimiento siempre podremos decir: “es ese cabrón; el cíclope”.
2.- La única vez que estuve a un pelo de tener un accidente de coche apoteósico y darme la leche de mi vida, nunca mejor dicho, recuerdo perfectamente que lo único que pasó por mi cabeza fue “¡mierda, mierda, mierda!”. Conseguí frenar a un milímetro del muro de hormigón del viaducto después de que mi coche girara 450º sobre una empapada y mal peraltada autopista, arranqué de nuevo el coche, reinicié la marcha con todo mi cuerpo temblando hasta llegar a un sitio donde pude parar, me bajé y, todavía temblando, me fumé un cigarro. Han pasado siete u ocho años y aún recuerdo que mientras fumaba en mi coche sonaba a toda leche el primer tiempo del primer concierto para piano de Brahms.
¿Interpretaciones?
Jun
11
Tengo una lavadora tan ultramoderna que uno no puede hacer con ella lo que le salga del moño, sino lo que la señorita decida. Es de estas máquinas que tiene no sé cuántos programas predeterminados del estilo de “algodón a 90 ºC y con masaje en la espalda”, “lana a 30 ºC y mullidita con cariño”, “lycras que miran por encima del hombro a los poliésteres”, y tal y qué sé yo. Y todo lo que nosotros podemos hacer es meter la ropa, decidir de qué material es, elegir la temperatura y darle a un botoncito. Hecho esto, la lavadora pesa la ropa, ajusta no sé qué, calcula el tiempo que va a durar el lavado, pone un cronómetro y empieza una cuenta atrás.
Conste que yo no compré esta máquina. Y que la odio.
Ayer por la tarde compré una camiseta muy chula, la lavé a mano por si desteñía y tenía la intención de centrifugarla y colgarla a secar. Parece fácil, ¿verdad? Pues no. Puse la camiseta en la lavadora, elegí “centrifugar a 1000 rpm”, le di al botón para que calculase el tiempo y empezó a marearme. Oigan, que a la tía no le daba la gana. Que no iba. Que no. Y que no.
Después de varios intentos infructuosos se me dio por pensar que a lo mejor era una lavadora progre y que me estaba mandando un mensaje ecológico. Así que me puse a hacer experimentos y probé a meterle más peso. Et voilà. Son necesarias un mínimo de tres camisetas mojadas o su equivalente en granos de mostaza para que la lavadora considere que se cubre el caudal ecológico mínimo para que el tambor mueva el culete y que el planeta no acabe como el rosario de la prima Aurora.
Y si ya hasta las máquinas me van a limitar el centrifugado de camisetas porque lo consideran políticamente incorrecto, yo me vuelvo al modelo de la foto.
May
31
Últimamente tengo sueños más raros de lo habitual. Por una parte, y obsesionado como estoy con mejorar mi alemán, en lo que va de año he soñado tres veces en ese sociolecto. Nunca, jamás, en mi vida había soñado en ningún idioma que no fuera el castellano. Ni siquiera en gallego. Ni siquiera cuando viví en otros países. Y para más abundancia de datos, dos de los tres sueños tudescos fueron pesadillas.
Pero mis sueños más psicoanalizables son los que incluyen banda sonora. Sí, sí. Como suena. Ayer sumé el cuarto a la lista. En uno sonaba la novena de Beethoven. En otro llegué incluso a ser cantautor. ¡Bien vestido y lavado, eh! ¡Un respeto! Bueno, pues ayer me desperté partiéndome de risa y fui corriendo al ordenador a buscar esta atrocidad canción, banda sonora de mi sueño, que hacía años que no escuchaba pero que había quedado archivada en neuronas remotas y sinapsis lejanas. Si se atreven, escuchen. Y efectivamente; las frases tienen el doble sentido cochinete que hace que las paisanas digan: “oy, oy, oy, dijo «en Pelotas», ji, ji, ji”. Aunque aún habrá quien sostenga que soy yo, que tengo la mirada sucia. Bisogna pazienza.
Quienes no sean gallegos probablemente no hayan escuchado hablar de Ana Kiro en su vida. Es la show-woman galaica por antonomasia. Cantaba, bailaba, presentaba lo que le echaran. Y de entre la mantilla de caspa que siempre ha constituido la Telegaita, emergía como una de las más aseadas. Hasta que hace cuatro años le detectaron un cáncer y se retiró. Hasta ahora ha ido ganando ella, lo que hace que le haya cogido más simpatía, aunque ayer por la tarde me informaban mis fuentes de algunos indicios que podrían hacer pensar que las cosas se le están poniendo difíciles. Pobre. Yo sé que tiene un lado oscuro, pero a mí me cae bien. Cuando estábamos en la facultad unos cuantos amigos nos habíamos acostumbrado a ver café en mano su talk-show de sobremesa para cotillear venenosamente porque un compañero de clase estaba enrollado con alguien que salía en él. ¡Oh! ¡Y cuando la Ortopédica fue al Euromillón a hacer el paria nacional! Juas, juas. ¿Qué será de tanta gente? ¡Qué tiempos!
May
12
Conversación que pretende ser intranscendente con mi nuevo peluquero mientras le pago y en relación a una foto que tiene por allí.
–Tus hijos, claro.
–Sí, son mis hijos.
–¡Qué majos! ¿Cómo se llaman?
–Pancho y Juancho.
–Se parecen mucho entre sí.
–Bueno, en realidad sólo Pancho es hijo mío; Juancho es hijo de mi mujer y otro hombre.
–Ah. ¡Pues se dan un aire, oye! ¿Y qué edad tienen?
–Tres y quince.
–¿Juancho en esta foto tiene quince años?
–Sí, sí, la foto es reciente.
–Ah, pues parece bastante más jovencito.
–Ya, es que tiene una enfermedad que hace que tenga problemas de desarrollo. De hecho aquí no se ve, pero va en silla de ruedas.



